FULCANELLI

FULCANELLI

(1877?-1932?) Famoso alquimista francés cuya personalidad constituye todo un misterio.

Incluso no se sabe a ciencia cierta su nombre, ya que para algunos sería Julien Champagne, mientras que para otros investigadores se trataría de Eugéne Canseliet, comentarista de su obra y con seguridad discípulo suyo. No obstante, Canseliet siempre negó tal supuesto, rechazando igualmente ser el autor de las dos famosas obras que se le atribuían, y negándose a facilitar el menor dato de su maestro. Pero sí afirma, en el prólogo de una de las ediciones de Lar moradas filosofales, que Fulcanelli llevó el detalle de la práctica, mucho más lejos que ningún otro alquimista, con una intención de notable generosidad hacia los que «trabajan», a los que considera sus hermanos.

Sc cree que Fulcanelli logró descubrir la piedra filosofal* poco antes de 1930, y se piensa que este hallazgo tuvo mucho que ver con su desaparición aparente o real—, que suele situarse pocos años más tarde.

Las dos famosas obras de Fulcanelli son la ya citada, Las moradas filosofales y El misterio de las catedrales, ambas escritas con tan notable profundidad y belleza que han ejercido una influencia definitiva sobre la literatura alquímica contemporánea.

Para Fulcanelli el verdadero sentido de la Gran Obra es «la expresión material y tangible del desenlace de un largo proceso de despertar místico». La alquimia* es para él una ascesis, una técnica de iluminación en la que se conjugan de modo perfecto el plano material y el espiritual. El denominado arte regio no puede ser para él como tampoco lo fue para sus más lustres antecesores— una simple técnica de transmutación química, por muy excelente y compleja que llegue a ser, y aunque con ella se consigan los resultados más sorprendentes.

El método de Fulcanelli es diferente del que emplearon sus predecesores, y consiste en describir con minuciosidad todas las operaciones de la obra, tras haberla dividido convenientemente. De esta forma va tomando cada una de las fases del trabajo, explicándolas y dándoles una oportuna conclusión.

Como anécdota vale la pena mencionar el hecho ocurrido en un laboratorio parisino durante los años 30, que tuvo como protagonistas al escritor Jacques Bergier y al propio Fulcanelli. Un encuentro en el que ambos mantuvieron una conversación sobre el espinoso terna de la energía nuclear. En el transcurso de la entrevista el alquimista advirtió de los peligros que se podían correr: «Le puedo asegurar — comentó—. que la liberación de la energía nuclear es más fácil de lo que se pueda creer. Pero hay que tener muy en cuenta que la radiactividad producida puede envenenar la atmósfera del planeta. Además es posible fabricar explosivos atómicos con algunos gramos de metal, y arrasar ciudades enteras. Se lo digo claramente —insistió— los alquimistas conocen estos peligros desde hace mucho tiempo.»

Esta conversación tuvo lugar mucho antes de que se arrojaran las bombas atómicas sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki y constituye toda una profecía fatal de lo que habría de suceder. También como dato curioso merece reseñarse el hecho de que al final de la II Guerra Mundial, los servicios secretos americanos hicieron cuanto estuvo en su mano para descubrir el paradero de Fulcanelli, una búsqueda que resultó totalmente infructuosa. Parece ser que los Estados Unidos querían descubrir todos los secretos de la energía nuclear, antes de que lo hicieran los sabios oficiales.

En su obra El misterio de las catedrales escrita en 1922, Fulcanelli va analizando y estudiando de forma minuciosa las tallas que figuran en las fachadas de las catedrales de París y Amiens, en el palacio de Jacques-Coeur y en la mansión Lallement, de Bourges. Mediante dicho estudio va desgranando, punto por punto, el trabajo alquímico con gran detalle. Al mismo tiempo va ofreciendo al iniciado las claves de la obra cuidando, sin embargo, de que aquellas no caigan en manos del vulgo. Al terminar la obra, Fulcanelli hace unas advertencias meridianas afirmando que la naturaleza no abre a todos, de forma indiscriminada, la puerta de su santuario: «Nadie puede aspirar a la posesión del gran secreto —dice—si no se armoniza la existencia personal con el diapasón de las investigaciones emprendidas... No basta con ser estudioso, activo y perseverante, si se carece de un principio sólido y de una base concreta; si el entusiasmo inmoderado ciega la razón, si el orgullo tiraniza el buen criterio o si la avidez se desarrolla bajo el brillo intenso de un astro de oro. La ciencia misteriosa requiere mucha precisión, exactitud y perspicacia en la observación de los hechos; un espíritu sano, lógico y ponderado; una imaginación viva pero sin exaltación; un corazón ardiente y puro...»

La segunda de sus obras, Las moradas filosofales debe considerarse como un complemento de la primera. Según Canseliet, Fulcanelli entendió siempre la expresión «moradas filosofales» como aquellos soportes simbólicos de la verdad hermética, fuera cual fuera su naturaleza e importancia. En este sentido, tanto podía tratarse de una pequeña figura conservada en una vitrina, de una pieza reproducida en papel como de todo un monumento arquitectónico: catedral, iglesia, castillo o palacio. En esta segunda obra cabe mencionar el dato curioso de que Fulcanelli se detiene en la figura de Cyrano de Bergerac. Le trata de manera muy distinta a como lo hizo Rostand en su obra dramática. No es, por tanto, el personaje pintoresco del narigudo espadachín, sino el iniciado, el alquimista consumado, al que incluye en la lista de los más grandes. Menciona el pasaje de una de las obras de Cyrano en la que éste hace referencia a la lucha simbólica entre la salamandra y la rémora. A juicio de Fulcanelli ese es uno de los mayores exponentes de los conocimientos alquímicos de Bergerac.

Expresión usada en alquimia.

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