Voz asociada con religión y religiones antiguas.
Es opinión universal –dice el Diccionario filosófico- que los primitivos cristianos no tuvieron templos ni altares (por lo menos en el sentido de altares destinados al culto de la imagen (ídolos) o a los sacrificios cruentos en uso entre los judíos), ni cirios, ni incienso, ni agua bendita, ni ninguno de los ritos que los pastores de la Iglesia instituyeron más tarde, según las exigencias de los tiempos y las circunstancias, y sobre todo, según las necesidades de los fieles.
Orígenes, Atenágoras, Teófilo, Justino y Tertuliano atestiguan que los primitivos cristianos abominaban de los templos y altares.
No pensaban así únicamente porque los gobiernos no querían concederles al principio permiso para edificar templos, sino porque sentían aversión a todo cuanto se relacionaba con las demás religiones; y esa aversión la tuvieron durante 250 años.
Así lo demuestra Minucius Félix, que vivía en el siglo III, diciendo: “Creéis (de este modo hablaba a los romanos) que ocultamos el objeto de nuestra adoración, porque no tenemos templos ni altares.
¿Por qué hemos de erigir a Dios simulacro, cuando el mismo hombre es su simulacro? ¿Qué templo le hemos de edificar si el mundo, que es obra suya, no basta para contenerle? ¿Cómo hemos de encerrar el poder de su inmensa majestad en una casa sola? Es preferible que le consagremos un templo en nuestro espíritu y en nuestro corazón”.
Los cristianos empezaron a construir templos en los primeros días del reinado de Dioclediano.
El primero que se edificó fue en Nicomedia; luego se levantaron otros templos en otras ciudades, pero los cristianos manifestaban todavía aversión a los cirios, al incienso, al agua lustral y a los hábitos pontificales.
Este aparato imponente les parecía el sello distintivo del paganismo.
Tales usos los fueron adoptando poco a poco durante el reinado de Constantino y de sus sucesores; pero han cambiado después con frecuencia.
(Obra citada, art. Altares).
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