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Alberto Magno

Alberto Magno

Alberto Magno y La Iglesia Católica

Alberto el Grande, que andando el tiempo se habría de convertir en santo de la Iglesia católica con el nombre de san Alberto Magno, y al que Dante –otro gran conocedor de lo hermético – situó en el Paraíso de su Divina Comedia, nació en el seno de una familia aristocrática, en las tierras germanas de Suabia, allá por el año 1193.

Alberto, que poseía el título nobiliario de conde de Bollstadt, tuvo ocasión de realizar a lo largo de su bien dilatada vida –ya que murió a los ochenta y siete años – una importante labor docente, paralela al desempeño de sus abundantes cargos eclesiásticos, a los que terminó renunciando para dedicarse exclusivamente a aquélla.

Alberto estudió en las famosas universidades de París y Padua, en donde tomó, a los veintitantos años, el hábito de los dominicos. Enseñó filosofía, matemáticas y medicina. En Bolonia se dedicó a la enseñanza de la teología. Posteriormente, llegó a ser general de su orden y obispo de Ratisbona, cargo que abandonó para poder entregarse plenamente a la docencia.

Como le sucedió a otros eruditos de la época, las grandes fuentes en que bebió Alberto Magno hay que buscarlas, al margen de en Aristóteles –al que estudió de manera muy profunda –, en el pensamiento alejandrino, árabe y hebreo. Era un amante de las ciencias naturales, de la física y la química; y naturalmente no podía dejar de lado un arte tan sugerente como era la alquimia.

Hablando de esta última, su comentarista Federmann dice lo siguiente: «En opinión de Kopp, Alberto Magno creía en la posibilidad de fabricar artificialmente metales, y también en que un metal podía transformarse de modo artificial en otro. Su sistema era, en verdad, altamente complicado. Para ello había que "romper" el estado actual del metal en cuestión, con ayuda de elixires, en los que evidentemente creía; a continuación se purificaban y unían los elementos de sulfuro y mercurio existentes para formar otro metal, en la proporción adecuada cum materia metalli. Evidentemente, Alberto Magno llama materia metalli a la sustancia sólida que otros alquimistas llaman "sal"».

Esta atracción que sentía Alberto Magno por lo oculto contagiaba también a sus alumnos, deslumbrados por su inmenso saber. Y, de este modo, participaban de su convencimiento de que, por ejemplo, los Reyes Magos eran filósofos y expertos en magia y astrología. Ésta era una manifestación que hacía sin recato alguno, en su comentario al Evangelio de san Mateo.


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